Sunday, February 8, 2015

Colas comparadas y la preparatoria destrucción de lo cotidiano

Las comparaciones entre lo que sucede actualmente en Venezuela y los totalitarismos del siglo XX son no sólo odiosas sino también exageradas e inexactas. Pero hay comparaciones específicas sobre asuntos puntuales que resultan sugerentes. La más evidente es que las teorías de la conspiración se convierten en la retórica oficial del gobierno y no en el discurso de grupos contestatarios y políticamente marginales. El uso político de las teorías de las conspiraciones como retórica oficial de gobiernos tuvo consecuencias trágicas en el siglo XX.

Aquí otra comparación interesante para la que transcribo completo el capítulo “La inteligencia de la cola de espera” del extraordinario libro del historiador alemán Karl Schlögel Terror y utopía. Moscú en 1937, editado el año pasado en Barcelona por Acantilado, traducido por Aníbal Campos.

El capítulo constituye una verdadera fenomenología de la cola en el contexto de escasez de productos básicos en una sociedad cuyo gobierno ha convertido las teorías de la conspiración en la retórica oficial del estado y ha llevado el uso político de esas teorías a su consecuencia lógica: el exterminio masivo del enemigo interno.

Nótese el sincero informe de la NKVD que cita Schlögel y que da cuenta de la formación de una micro cultura de la cola en la que la gente se organiza, toma números, vuelve más tarde, juega y baila, pero también ocurren actos vandálicos y crímenes, y cuando se abren las puertas de las tiendas “la gente se golpea y se amontona.”

También es interesante señalar que la picardía y la viveza no parecen ser, como sostiene el ministro de la cultura Venezolano Reinaldo Iturriza, un invento de la “oligarquía criolla”, sino parte de la necesaria técnica de sobrevivencia en contextos de escasez: Schlögel comenta que en el Moscú de 1937 “se desarrollan todo tipo de trucos que serán de suma importancia en la historia cultural de la cola: apuntarse en una lista, “alquilar” a alguien que ocupe su lugar en la cola o contratar y pagar a alguien para ello por adelantado, por correo: ‘Hacer cola se convirtió en un arte’”.

Y por último hay que notar el pesimista último párrafo del capítulo. Schlögel sugiere que el agotamiento físico y mental de una población entera, en colas que podía durar literalmente días y que arruinaban la vida cotidiana, fue un elemento fundamental, o al menos preparatorio, de la violencia del terror de los años 1937 y 1938.

Aquí el capítulo:

La Inteligencia de la cola de espera

La cola de espera y el mercado negro eran las formas principales no de una oposición, pero sí, tal vez, de un movimiento oculto que nunca se quebrantaba. Algunos informes del NKVD –los aquí citados provienen de la primavera de 1939 –ponen claramente de manifiesto la exactitud con la que el poder observaba y analizaba los movimientos para salir en busca de bienes de consumo imprescindibles para su supervivencia, sobre todo hacia las ciudades, mejor abastecidas que el campo, y aquí, a su vez, hacia las ciudades privilegiadas de la URSS, como Moscú o Leningrado. La emigración de vendedores y compradores cristaliza en un determinado punto: en las colas delante de los puntos de distribución y en las tiendas. Un informe del NKVD menciona exactamente, en la noche del 13 al 14 de abril de 1939, a cuarenta y tres mil ochocientas personas que habían hecho cola delante de los comercios y que todavía estaban allí cuando, al cabo de tres o cuatro horas, ya no quedaba un solo producto en esos comercios. Los compradores y vendedores llegaban a Moscú desde todas partes; uno de ellos decía: “¡Cuantos días de trabajo se desperdician en una cosa! ¡En esos días de trabajo se hubieran podido construir dos fábricas de tejidos en Moscú!”

El informe del NKVD ofrece una especie de descripción condensada de lo que sucedía en la cola de espera:

La cola se forma varias horas antes de que la tienda cierre, en los patios de los edificios vecinos. Alguien lleva una lista de los que esperan, y una vez que uno se ha inscrito en la lista, alguno se marcha para descansar un poco en la calle o en el patio. Algunos ciudadanos traen grandes abrigos de invierno y mantas para mantenerse calientes. Otros también traen sillas plegables de concina para calentarse.
            Cuando sale el sol, la gente se pone a la cola, se sienta en las aceras, envuelta en mantas, o en los umbrales de las puertas próximas a la tienda (en la calle Gorki). Los empleados empiezan a dejar entrar a los clientes antes del horario de apertura, y de repente las colas se disuelven. Todos empiezan a correr hacia las puertas de la tienda, y la gente se golpea y se amontona.
            Los jóvenes han organizado en las colas toda suerte de juegos y de bailes en la calle, los cuales, de vez en cuando, degeneran en actos vandalismo.
            Hacia las ocho de la mañana ya se han reunido delante de la tienda de la industria textil más de tres mil clientes (en la Kuznetski most). Cuando la tienda abre a las ocho y media, ya hay allí entre cuatro mil y cuatro mil quinientas personas. La cola, que se había formado a las ocho de la mañana, se extendía desde la Kuznetski most, pasando por la Neglínny pereúlok, hasta el final de la calle Púshechanaia (por lo menos un kilómetro).
            A las ocho de la mañana se formó una cola de mil personas en el univermag del distrito Leningrado de Moscú, pero la milicia bloqueó a la muchedumbre con diez camiones. Una nutrida masa de gente corrió hacia la plaza situada junto al cine-teatro Espartaco, a fin de llegar a la tienda entre el cine y los coches de la policía. Allí se produjo un tumulto imposible, hubo caos y gritos. La milicia parecía sentirse impotente. A fin de hacer algo y no ser aplastados, los milicianos subieron a los camiones y exhortaron desde allí a los clientes a que mantuvieran el orden. Cuando la tienda abrió, había en la cola más de cinco mil personas.
            A las seis de la mañana se formó una cola en la zona de Dzerzhinski, llenando las calles colindantes, el tranvía y las estaciones de autobuses. Hacia las nueve ya había allí ocho mil personas.
            Finalmente, la estrecha calle lateral de Stoleshnikov se convirtió en algo parecido al Mercado de Yaroslav”.

            El informe del NKVD recoge también las conversaciones que tienen lugar en la cola: la mayoría se queja de que no puede comprar nada con su dinero y de que algunos tengan que estar cuatro o cinco días en la cola para conseguir un abrigo. Para ello se desarrollan todo tipo de trucos que serán de suma importancia en la historia cultural de la cola: apuntarse en una lista, “alquilar” a alguien que ocupe su lugar en la cola o contratar y pagar a alguien para ello por adelantado, por correo: “Hace cola se convirtió en un arte”. Las colas que congregaban a miles de personas eran estructuras socialmente complejas y exigían un alto grado de inteligencia social y de autorganización, sobre todo porque tenían que reafirmarse frente a las prohibiciones, las amenazas y las intimidaciones. Las colas de esa magnitud eran señales de alarma y de advertencia al poder y así eran entendidas por éste. El “turismo de compra” formaba parte de la Moscú de finales de la década de 1930: personas pernoctando en estaciones, puertas cocheras y traspatios, epidemias, suciedad y brotes de criminalidad. Pero ni siquiera un decreto gubernamental con el elocuente título de “Sobre la lucha contra las colas que se hacen en los comercios de Moscú para obtener bienes de consumo” contribuyó demasiado a resolver el problema. Las colas no podían prohibirse, como tampoco podían prohibirse los bazares o el mercado negro. La formación de colas creaba su propia inteligencia, daba lugar a un auténtico juego del gato y el ratón entre la milicia y la población: se disolvía cuando la milicia hacía acto de presencia, y se formaba de nuevo cuando ésta había desaparecido. No cabe duda de que este elemental estado de cosas –el ciudadano en su lucha cotidiana por su supervivencia- se anticipaba y superaba toda “política”.

         No es posible entender la década de 1930 sin el agotamiento total de la población, que gastaba todas sus energías haciendo frente a la vida cotidiana. La escasez de productos básicos, el fin de la civilización de los bienes obvios y los actos rutinarios de la normalidad ejercen una presión no menos opresora sobre la vida de un pueblo que la que emana la cruda represión. Y para aquellos que estaban a salvo de las peores condiciones de vida, las naturalezas muertas de la publicidad, con su champán y su caviar, no eran sólo promesas de un futuro mejor, sino un rentable depósito en el presente. La escasez y la pobreza son componentes tan importantes de la época como el odio, la envidia y el agotamiento. Una historia del año 1937 ha de ser también una historia del agotamiento físico y mental, y de los límites que pueden soportar las personas, que ya están cerca de la violencia del terror, al ver arruinada su vida cotidiana. No sólo los individuos enloquecen, también las sociedades pueden “enloquecer”. Y sin esa “locura” de toda una sociedad no habría existido el año 1937.

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